Son dos en una, y entre ellas una pared enorme que se consagra al
destino. Soledad simplemente llama a su sombra, mientras la mira
desde el costado de dentro. La sombra llama a Soledad, también, desde
el lado de fuera. Cuando se miran, se tornan destino, se juntan, se
yuxtaponen y se sostienen. Y una voz discente las saluda desde el
extremo de la flaqueza, y llora. Y una voz rugiente abraza el llanto,
emancipa la fuerza y atrapa la liviandad. Ella mira a la voz múltiple
y no distingue lugares. Pero la pared enorme sigue pasando,
enarbolando destino. Soledad se inclina ante el peso de la
certidumbre, que retumba a su lado, y un vagido infantil se eleva…
hasta el fondo mismo de sí misma. Son dos en una y un destino
desenfadado. Entonces, Soledad, abre la puerta al abismo y se
desliza, jugando a la rayuela, hasta tocar la tierra.
29-04-07
2,30 PM.
Y un cielo opaco y violeta enarbola los ruidos de la noche
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