ROMINA PANE
CRÍTICAS Y PRENSA


“Sus trazos energéticos, sus gruesos empastes y su rico colorido capturan junto a su espectador, transportándolo a su mundo plástico lleno de emociones y sentimientos.
En sus telas la abundante materia es depositada y plasmada con velocidad insinuando formas, situaciones y vivencias que componen su lenguaje plástico, en un ordenado camino lumínico que recorre toda su obra”.
La pintura de Romina Pane nos transporta y nos lleva a los rincones mas puros del alma.

Natalio Galluzzi

Romina Pane

Cuesta creer, viendo el carácter tan femenino y los modales delicados, timidísimos de Romina, que su obra tenga una solidez estética tan sorprendentes.
Técnicamente expresionista en esta etapa (hay que tener en cuenta la juventud de Romina), utiliza una paleta de marcados contrastes de colores, con especial deleite en el rojo, y complementada con los efectos lineales mas acusados y contornos mas contundentes, lo que otorgan exageración a la imagen, dotándola de simbología y dramatismo.
Estas formas exageradas y audaces me recuerdan mucho a la definición de la obra de Roualt: “Un fauvismo con anteojos oscuros”.
La figura humana es el eje de su obra. Despojada de grotesco, esa caricatura de la feminidad no es cruel si no compasiva, por lo que elimina cualquier sensación deprimente en el espectador.
Respecto al paisaje urbano hay una indagación mas profunda que la mera anécdota documental de un realismo anecdótico. Esto se ve especialmente en las escenas de interiores de cafés y almacenes en la zona portuaria de La Boca, zona típica de Buenos Aires, habitada en gran medida por estas criaturas bohemias.
Paradójicamente, su timidez impulsa su apertura creativa, de una dinámica energía y tensión visual. Ella ha dicho mas de una vez: “…No me pidan que haga algo tal cual se ve….yo siempre lo voy a pintar como lo siento”.
En su concepción, las obras de Romina Pane presentan una intensa visión del mundo, pero carente de un acento angustioso y dotada de un esperanzado sentimiento de vida.

Por Bebe Díaz

Critica del cuadro “Nostalgias de un café”

El recuerdo vivo y presente como una fogosa llamarada, irrumpe en la inspiración de esta creadora, y la evocación es tan fuerte, tan sostenida que ella, tal vez para aminorar su vigor y su fragor, lo transforma en un valioso cuadro. No puede discernirse con claridad si la figura sentada ante una remplazable mesa, junto a la vidriera del salón. Pertenece a un hombre o a una mujer, aunque la costumbre sople a favor de la primera de las distinciones. La tradición indica, pese a lo que con firmeza sugiere la realidad, lo mismo que las practicas contemporáneas – que no son nuevas, sino que responden a un uso ya profundamente arraigado- que dicho ocupante es masculino, aunque la remembranza, sin dudas enraizada a un habito ya muy firme, puede muy bien pertenecer a una mujer, que es la que siente hondamente esa añoranza. La artista ha logrado a la perfección, en un estilo cercano al realismo expresionista, el clima, entre ambiguo y sentimental, que se desprende de su pintura. Las cortinas corridas muestran una calle algo espectral, allí, donde la vida no se detiene, ocupan lugar las circunstancias, pasajeras o estables, que alguna vez pueden, después, llevar a su protagonistas a anclar, como lo hace la taciturna criatura de esta elocuente obra, en la anónima mesa del café cuya frecuentación puede llegar a convertirse en un habito ineludible. Azules poderosos que rodean el blanco del exterior, el negro y algunos profundos ocres que enriquecen la atmósfera del café y lo hacen mas propicio para los recuerdos, conforman una tela de persistente raigambre, que capta con extrema fidelidad una de las querencias mas comunes y afianzadas de toda gran ciudad, en una creación plástica tan verosímil como duradera.

Cesar Magrini





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